2017-12-10 1st

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Después de haberse regalado toda clase de atenciones y mimos durante la cena, aún les quedaban más para darse mientras se duchaban. Se enjabonaban sin perder la oportunidad de acariciar sus cuerpos o se abrazaban bromeando, buscando de nuevo sus besos. Se les veía felices. Salió de la ducha él primero y ella se entretuvo en el baño cepillando su pelo y poniéndose crema en las manos. Cuando llegó al dormitorio estaba ya dormido, la sábana solo cubría su cuerpo de cintura para abajo y uno de sus brazos permanecía abierto y extendido sobre la cama, aguardándola.

Buscó una botella de agua en el mini-bar, y en su bolso, una pequeña cartera donde llevaba algo de chocolate y papel de fumar. Utilizó el tabaco de uno de sus cigarros Marlboro y se preparó un porro no muy cargado, solo quería relajarse. Lo lió, lo encendió y empezó a fumar sentada en el suelo, sobre la moqueta.

Hacía meses que no se veían y desde aquella fiesta navideña unos días antes de las vacaciones, hasta finales de febrero que volvieron a verse, tan solo habían hablado por teléfono en un par de ocasiones. Ella había cuidado siempre mucho lo de poner distancias entre ellos. Una amistad, solo quería ver en él un amigo, impidiéndose siempre el sentir algo más, el dejarse querer o abrazar. De él sería fácil enamorarse, pero eso podía ser peligroso. Ahora les separaban más kilómetros que antes, no podrían verse tanto como ella hubiera querido o necesitado y echarle de menos o extrañarle y no tenerle a su lado era algo que ella no podía permitirse. Sin embargo, sus circunstancias no podían haber sido mejores para tener la clase de relación que tenían.

Para esa noche con él, quiso buscar un sitio especial. Uno de esos antiguos hostales del centro de Madrid, hoy en día remodelados y convertidos en hoteles de lujo, el Petit Palace Posada del Peine. Lo encontró en Internet y se anunciaba como uno de esos edificios emblemáticos del siglo XVII, restaurado hacía a penas un año y que ofrecía toda clase de comodidades y servicios a sus huéspedes. Llegó a media mañana y se registró solicitando esa habitación que había visto en una de las fotos de la Web del hotel.

Era la habitación 408, de techo abuhardillado, pintado de estrellas, con una pequeña ventana desde la que podían verse los tejados de algunas casas del corazón de Madrid, próximas a la Puerta del Sol. Una mesa escritorio de estilo moderno, una silla, una televisión de última generación, un ordenador portátil que el hotel ponía al servicio de los clientes y un armario de dos puertas, la de la derecha con perchas de madera y la de la izquierda con dos almohadones gigantes de pluma y un juego de mantas aterciopeladas. Junto a la cama la puerta del baño. Limpio y con detalles muy cuidados, un lavabo cuadrado de mármol descansando sobre un mueble de acero y madera, una cestita con jabones, un peine, cuchilla y crema de afeitar, cepillos de dientes, pañuelos de papel, gorro de ducha, una esponjita para limpiar el calzado y unos tarros de gel y champú. Al otro lado, una placa de ducha con mampara de cristal y una columna de hidromasaje con tres grifos y multitud de agujeros por los que salía el agua a chorros y a diferente temperatura.

Y sobre la cama él, descansando tras una agotadora jornada que se alargó con motivo de su visita. Salió de la oficina con el tiempo justo para ir a buscarla a aquella cervecería donde habían quedado. Fueron a cenar a un conocido restaurante de la Calle Augusto Figueroa, propiedad de un famoso actor residente en la capital. No era la primera vez que ella visitaba ese sitio, en algunos de sus viajes solía ir por allí por si tenía la suerte de que estando en él, Javier Bardem apareciera y pudiera verlo en persona. Tenía, sobre todo, curiosidad por ver si era tan alto como parecía, tan rudo como aparentaba o si era capaz de llegar a sentir ese cosquilleo morboso como cuando le veía en algunas de sus películas. No le parecía un hombre guapo, pero sí extremadamente atractivo y muy varonil. Tan pronto como les dieron una mesa y se sentaron uno frente al otro se olvidó de Bardem. En nada se parecía a él, pero su amigo tenía ese punto masculino que a ella tanto le gustaba ver en un hombre. Su forma de mirarla no fijándose en ninguna otra mujer estando con ella, la delicadeza con la que en un sin querer le rozaba la mano, la manera en la que se eclipsaba oyendo su voz o lo nerviosa que se ponía cuando él empezaba a meterse con ella inocentemente, siempre buscando la broma, pero disfrutando, a su manera, de esa inquietud que percibía en ella cuando trataban temas más serios o entraban en conversaciones más delicadas.

Le recordó cuánto había cambiado desde que se conocían, como había evolucionado su manera de tratarle, de dejarle acercarse a ella, de perder sus miedos y sobre todo de cómo confiaba en él plenamente, siendo consciente de que cuanto le contara jamás lo utilizaría para hacerle el más mínimo daño.

A la tercera copa de vino que tomaron ella empezó a notar el calor del ambiente. Se sentía bella y sensual esa noche. Se vistió de verde, uno de sus colores favoritos y se adornó el escote con un fino collar de piedras del mismo color pero en tonalidades más oscuras, con el que jugueteaba entre plato y plato. Saborearon y aprovecharon cada minuto que pasaron allí y por momentos se veía lejos de cuantas personas les rodeaban como si estuvieran aislados en una burbuja que los separara del resto de la gente.

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Al salir de allí fueron a tomar una copa, y volvieron paseando al hotel, con las manos agarradas, como dos novios. Se sentían a gusto juntos, conversaban, flirteaban, se permitían ciertas licencias y juegos que solo dos grandes amigos, conocedores el uno del otro, pueden permitirse, sin herirse, sin temor a cometer errores de interpretación y cada vez que se veían era como si fuera la primera vez que lo hicieran. Ella sentía con él esa tranquilidad que da la amistad de poder hablar de todo, de lo bueno y de lo malo, de lo duro y lo liviano, de trabajo, de sexo y del resto del mundo. Hasta que decidieron intimar por primera vez, habían pasado horas conversando, conociéndose, frente a un café, en la puerta de un teatro o en el salón de su casa, sentados en su sofá rojo, uno junto al otro, a penas rozándose las rodillas.

Poco a poco fue consumiendo su cigarro, a largas caladas, aspirando profundamente el humo y dejándolo escapar lentamente.

"La excitación de una curva no nos dejará nunca actuar bajo la responsabilidad de nuestra mente". La frase estaba escrita sobre el techo abuhardillado, con letras que podían leerse en la oscuridad y siguiendo el sentido de la curvatura de una espiral. Enseguida recordó como las formas de sus senos hacían que él se transformara al perderse en ellos. Los miraba con admiración y los acariciaba como la mayor de las novedades descubierta, como si no los hubiera visto nunca, abandonándose en el oasis que sus enormes pechos suponían para él. Los acariciaba con la yema de sus dedos, con la palma de su mano extendida, casi llegando a rozar su areola y volviendo a recorrer el sendero que previamente sus dedos dibujaban desde su cuello.

Ella se volvía loca con eso. Porque a las caricias le seguían miles de besos de todas clases. Pequeños, con los labios juntos, húmedos, con la punta de la lengua recorriéndolos, profundos, en los que él espiraba una bocanada de aire caliente que la erizaba la piel y que hacia temblar su cuerpo cuando abandonaba el canal de sus senos y lentamente bajaba hasta su ombligo.

No era hombre de muchas palabras en el sexo. A decir verdad, y en esos momentos, a ella no le hacían falta. Le bastaban sus gemidos, sus quejidos y los suspiros que sin querer se le escapaban del alma, mientras se entretenía en llenarla de besos.

En ese momento, él se movió en la cama, destapando su cuerpo y dejando al descubierto su masculinidad. El chocolate había empezado a hacer efecto en ella e inició un lento acercamiento desde el suelo, roneando como una gata, subiéndose sobre la cama y acariciándole con todo su cuerpo hasta despertarle. Su glande era suave y a ella le encantaba besarlo y recorrerlo hasta meterlo lentamente en su boca, agarrándolo con una de sus manos que lo desvestía con delicadeza y firmeza, muy segura de que eso le gustaba, sin dudar del placer que eso le suponía. Y así lo hizo, atrapándolo y llenándolo de saliva que repartía con su lengua y por todo el tronco hasta su base, haciendo intención de metérselo entero en la boca y cuando parecía que iba a hacerlo, alejándolo de ella. Eso le enloquecía. Ella veía como la miraba con lujuria y un gran deseo, con su vientre tenso y el rostro suplicante.

Esa excitación que él sentía encendió en ella sus entrañas. No dijo nada, se limitó a mirarla y sus ojos hablaron por él, respondiendo a su boca de abajo que gritaba y suplicaba ser follada. "Quiero ver como te la metes tú misma en el coño" le dijeron sus ojos, y entre risas ella misma se abrió de piernas, se sentó a la altura de su pelvis y empezó a restregarse con su polla. La humedad de sus bajos le servía para deslizarse lentamente hasta situar la punta de su capullo justo sobre su clítoris. En una nueva provocación, le rozaba las tetillas con sus pezones, endurecidos y empitonados, como dos puntas de fuego.

Sin duda su polla conocía el camino y cuando estuvo en la puerta, de una sola embestida entró hasta lo más hondo, sintiendo como si las paredes de su vagina lo atraparan y en una continua succión no lo dejaran escapar. A ella le encantaba follar así, eso le permitía hacerlo con todo su cuerpo. Con su boca al besarle los labios, con sus tetas al acariciar las suyas, con su coño al engullir la plenitud de su polla que podía sentir en su interior con una gran fuerza. Enderezó su espalda terminando de colocar su miembro dentro de ella, duro como una piedra. Le gustaba sentirlo así, arañando las paredes de su vagina en cada movimiento. Se levantaba y se volvía a sentar al tiempo que ella misma se restregaba contra su pubis y contra sus testículos, como si su sexo fuera una gran mano dotada de gordos dedos que la toquetearan todo el suyo. Su raja, sus labios mayores, sus ingles, su clítoris, su monte de Venus, la parte alta y el interior de sus muslos. Un gran sexo que abarcara un triángulo imaginario desde su ombligo hasta el final de su espalda, cosquilleándola, pellizcándola y proporcionándole un inmenso y prolongado placer.

Estaba al borde del orgasmo, sentía como éste le empezaba a nacer en las entrañas y a empujones se le quisiera salir por los poros, y en ese momento le agarró una de sus manos y la acercó a su coño. Levantó los brazos y del trote pasó al galope, ayudada por una fuerza invisible que agarraba sus muñecas y la empujaba para clavarse en él, sin miramientos, desinhibida, como poseída por el demonio. Y de nuevo sus ojos volvieron a hablarle… "Eso es, galopa, galopa sin parar hasta correrte, quiero ver como lo haces, quiero sentirte, quiero oirte…" La fuerza se apoderó de toda ella y sintió como si de un solo golpe le arrancaran la piel que la hubiera cubierto en su locura y gritó. Gritó como no lo había hecho nunca antes, cayendo extasiada y vencida sobre su pecho.

No por ello dejó de amarle y mientras sentía las últimas y más débiles contracciones de su sexo le regaló besos a su boca, a sus ojos, a sus manos, agradecida de tanta dicha. Su polla seguía firme dentro de ella y sacó fuerzas de donde a penas le quedaban para desengancharse y colocarse a cuatro patas, con el culo levantado, el coño chorreándole de flujos y esperando recibir de nuevo los embistes de su endurecida polla.

La palmeó las nalgas, se las agarró y con fuerza la volvió a penetrar. Metía y sacaba su polla con ganas, enloquecido mientras además contemplaba su hermoso culo, redondo, de piel suave y abierto. No pudo evitar sacarle la polla del coño y encularla. No le costó trabajo hacerlo, la humedad lo mantenía lubricado. Era la primera vez que la sintió tan perceptiva y entregada por detrás y tuvo que aguantar para no correrse en ese mismo momento en el que sintió el calor y la presión de sus tripas. Ella se retorcía de gusto, nunca antes nadie se había adueñado de su culo de esa manera y las sensaciones eran completamente distintas a las sentidas hasta entonces. Se notaba aliviada cuando él hacía intención de salirse de ella, pero esa sensación solo duraba segundos, pues de nuevo volvía a sentir esa presión que intentaba evitar con un pequeño forcejeo, volviendo a relajar su músculo y permitiendo que él entrara cada vez más dentro y más profundo.

Poco a poco se fue dejando caer, recostándose por completo en la cama, de medio lado y cambiando lentamente de postura, sin dejar que su polla se saliera ni un milímetro de su acogedor culo. Ese ángel que minutos antes descansaba dormido se fue transformando. La agarró entre sus brazos fuertemente, la mordió el cuello y los hombros, los brazos y la espalda. Fue como si en cada beso previo a esa entrega él hubiera aspirado el tabaco fumado de su boca y ahora empezara a surtir efecto en su organismo.

A cada mordisco una embestida descontrolada, a cada arremetida un gemido, a cada quejido un espasmo, a cada convulsión un grito, y al final, el efecto de una gran descarga recorriéndole de arriba abajo. Pudo sentir como su leche se le derramaba en las tripas y cayó desplomado sobre ella, temblándole cuerpo y alma y profundamente satisfecho.

Solo se salió de ella cuando ambos recuperaron el ritmo de su respiración y su polla yacía flácida y descansada. Se tumbó boca arriba sobre la cama, extendió su brazo derecho para que ella se recostara y le abrazara y durmieron hasta bien entrada la mañana.

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